¿Qué nos ha dejado Maritain?

Obviamente, el legado de Maritain no puede ser sino filosófico. Él no fue ni sociólogo ni cientista político, como para entender que su pensamiento corresponde a diagnósticos sobre las ideas y los hechos de su tiempo, ahora confinados a la realidad de mediados del siglo XX. Tampoco fue un ideólogo político o un líder religioso, cuyas propuestas pudieran tomarse como recetas infalibles a implementar en el presente sin ningún espíritu crítico.

Maritain fue pura y simplemente un filósofo tomista y, como tal, preocupado de conocer la verdad de lo que es y existe.

Por su naturaleza, ese legado no ahorra la responsabilidad de razonar por cuenta propia sobre las realidades en que viven quienes lo adoptan.

"No se trata de una adhesión servil a Santo Tomás de Aquino y a Aristóteles, ni de filosofar repitiendo fórmulas de una manera mecánica. Se trata de un fidelidad espiritual y filial, que ha de buscar en sus principios activamente meditados, agrupados y coordinados, los medios de descubrir, de «inventar», gracias a un esfuerzo original del espíritu, la solución de los problemas nuevos del presente."

Esta adecuación a la contingencia actual tiene repercusiones tanto en el orden especulativo como en el orden práctico.


Frente al relativismo

La gran disputa entre la filosofía tomista y la filosofía moderna - representada ésta por Descartes, Kant, Hegel, Husserl, Heidegger y otros, hasta nuestros días - deriva de que la filosofía moderna (y post-moderna) es 'idealista', mientras que el Tomismo es 'realista'.

¿Qué quiere decir esto? Según Etienne Gilson, "la diferencia mayor entre el realista y el idealista está en que éste piensa (en conocer), mientras que el realista conoce."

La preocupación central del 'Idealismo' consiste en que el conocimiento de la realidad genera tantas dudas e incertidumbres que, al final de cuentas, lo único cierto es el hecho de nuestro pensamiento y de nuestras ideas.

Por ello, la filosofía idealista no se subordina a la realidad, sino al pensamiento de cada filósofo – y, como es de esperar, con cada uno de ellos haciéndolo a su modo, en la práctica, nadie se pone de acuerdo con nadie ni siquiera en cuanto a que la realidad pueda ser conocida –. Allí se encuentra, exactamente, la raíz del relativismo, del escepticismo y del nihilismo reinantes en nuestros tiempos.

El gran aporte de Maritain al realismo tomista, presentado en su obra maestra 'Distinguir para Unir: o, Los Grados del Saber', consiste en haber explicado cómo la naturaleza del conocimiento contiene múltiples expresiones. Así, por ejemplo, no es lo mismo el conocimiento científico (basado en la experimentación), que el conocimiento filosófico (fundado en el razonamiento) o que el conocimiento revelado (arraigado en la fe). Estos y otros 'grados del saber' conducen a diferentes 'tipos' de conocimiento, dependiendo en cada caso del objeto conocido. Pero, no se trata de conocimientos aislados, independientes y menos excluyentes, sino que forman parte de un todo coherente y orgánico en el que la norma es la complementación jerarquizada y la sustentación mutua en la búsqueda de la verdad.


Frente al materialismo

Maritain distingue tres aspectos o momentos en la dialéctica de la cultura moderna. Ellos están en continuidad, a pesar de sus violentas oposiciones; se siguen cronológicamente, pero también coexisten, mezclados los unos con los otros en diversos grados.

"• El momento clásico. En un primer momento (siglos XVI y XVII), cuando la civilización, olvidándose de las raíces de donde sube la savia, prodiga los mejores frutos, se podría pensar que por la razón sola se debería implantar un cierto orden humano, concebido todavía según el estilo cristiano heredado de las edades precedentes, estilo que llega a parecer forzado y empieza a estropearse. Podríamos llamar a aquel momento el momento clásico o del naturalismo cristiano.

"• El momento burgues. En la fase segunda (siglos XVIII y XIX) se ve que una cultura que se mantiene separada de las supremas medidas sobrenaturales tiene forzosamente que ponerse enfrente de ellas; lo que se le pide entonces es implantar un orden que deberá fundarse en la naturaleza, libertar al hombre y asegurar al espíritu de riqueza la posesión tranquila de la tierra: es el momento del optimismo racionalista, la época burguesa de nuestra cultura.

"• El momento revolucionario. Este tercer momento (siglo XX) es el momento del pesimismo materialista, en que el hombre, habiendo renunciado decididamente a buscar su fin último más allá de sí mismo, y no pudiendo soportar ya más la maquinaria de este mundo, se lanza a una guerra desesperada para hacer surgir de un ateísmo radical una humanidad totalmente nueva."


Lo espiritual y lo temporal

Frente a estos extremos, Maritain plantea la necesidad de distinguir entre el «orden espiritual» y el «orden temporal», pues sólo así podrá el cristino evitar ser dominado por el mundo.

"La distinción de lo temporal y de lo espiritual aparece como una distinción esencialmente cristiana. Se ha producido en un momento crucial, en un momento crucial en verdad, como una especie de mutación de capital importancia para la historia temporal y para la civilización misma. Pero ésta es una conquista propiamente cristiana, que tiene su pleno sentido y su eficacia plena sólo para el cristiano, según la frase evangélica: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

"El objeto específico de la cultura y de la civilización es el bien terrenal y perecedero de nuestra vida en este mundo, cuya materia es de orden natural. Estas, la cultura y la civilización, están vinculadas en sí mismas y por su fin propio, al tiempo y a las vicisitudes del tiempo; son perecederas como todo lo que es inmanente al tiempo, y por tanto, se puede decir que ninguna de ellas tiene las manos limpias. El orden de la cultura o de la civilización aparece, pues, como el orden de las cosas del tiempo, como el orden temporal.

"El orden de la fe y de los dones de la gracia, que se refiere a una vida eterna y participa en la misma vida íntima de Dios, constituye, por el contrario, un orden al que le corresponde por excelencia el nombre de espiritual y que trasciende de por sí el orden temporal.

"Si para el cristiano este orden espiritual está llamado a vivificar y elevar el orden temporal mismo, no podrá hacerlo formando parte de él, sino trascendiéndolo, y siendo de por sí absolutamente libre e independiente de él."


La misión del cristiano en el mundo

La preocupación y convicción de Maritain por la realización en el mundo de un auténtico Humanismo Cristiano, tiene un punto de sustentación práctico en la presencia de un cristianismo, no meramente decorativo, sino auténtico y vivencial, lo que supone una verdadera revolución interior en los propios cristianos.

"El cristiano deberá´ ocuparse de la acción social y política, no solamente para poner al servicio de su país (como ha acontecido siempre) las capacidades profesionales que pueda haber en aquellos campos, sino para trabajar también y además, en la transformación del orden temporal.

"Ahora bien, está claro que, siendo inseparable lo cristiano-social de lo cristiano-espiritual, una transformación de orden temporal no puede producirse de la misma manera y por los mismos medios que las otras transformaciones y revoluciones temporales. Si llega a hacerse, será una función del heroísmo cristiano. De modo que puede decirse que una renovación social cristiana o no llegará a realizarse o será una obra de santidad, de una santidad vuelta hacia lo temporal, lo secular, lo profano. ¿No ha conocido el mundo jefes de pueblo santos? Si una nueva cristiandad ha de surgir en la historia, será obra de esta clase de santidad.

"Este estilo procedente de la espiritualidad misma deberá, sin duda y por eso mismo, ostentar unos rasgos propiamente espirituales, como son, por ejemplo, la insistencia en la simplicidad, en el valor de las vías ordinarias, en este rasgo específico de la perfección cristiana que consiste en ser la perfección no de un atletismo estoico de la virtud, sino de un amor entre dos personas, entre la persona humana y la Persona Divina; insistencia, finalmente, en esta ley del descenso del Amor increado a las profundidades de lo humano, no para aniquilarlo, sino para transfigurarlo."